Después de varios días en casa, no es la primera vez que me preguntan sobre esta experiencia (Camino de Santiago) y siempre contesto lo mismo: ha sido como vivir una pequeña vida dentro de mi vida.
Todo ha tenido su principio y su final, excepto el camino espiritual, que me acompañó durante la vuelta a casa y, probablemente, me acompañe el resto de mi vida.
La experiencia es maravillosa. Conoces a gente con la que te vas encontrando, con unos puede que apenas hables, con otros empatizas más y estás durante un tiempo a su lado; son personas con las que ríes, con las que compartes el dolor al caminar, con las que intercambias vivencias y conocimientos...; luego, hay que despedirse, o quizás tan sólo sea un hasta luego en el mejor de los casos, has de separarte para poder seguir tu propio camino... y ellos continuar con el suyo.
Hay días buenos y otros no tan buenos, llenos de dolores, lluvias que te atrapan durante el trayecto y te empapan. Ampollas que surgen en tus pies. Esto produce incomodidad y dolor pero también te hace percibir más tu cuerpo, posibilitándose quizás un aumento de la consciencia de ti mismo al estar atento a él, a lo que te comunica en cada momento. Lo sientes, le escuchas y atiendes con mayor atención porque es más que nunca tu medio de locomoción y cada día lo has de cuidar al máximo, reponerlo y curarlo tras la etapa para estar lo mejor posible a la mañana siguiente, al comienzo del nuevo día.
El Camino ha sido duro, pero debemos reconocer que el de Jesús lo fue mucho más; pero ese camino se nos hacía menos duro cuando pensábamos que lo hacíamos por y con ÉL. El cansancio, la alegría y satisfacción de llegar, el triunfo de entrar a Santiago y abrazar al Santo... todo eso es por y para ÉL. Que cuando no podíamos con nuestras fuerzas, era ÉL el que nos llevaba en sus brazos.
El camino, cada vez, se iba haciendo mejor, no sólo por los bellos paisajes sino por los increíbles momentos y por las grandes personas que conocí a su paso. También porque es una experiencia para ahondar en la fe e iniciar un camino Activo y de Verdad hacia el Maestro.
También es una forma de meditar en movimiento, tantas horas al día andando, durante tantos días te dan la oportunidad de repasar tu vida mentalmente y de tener una nueva perspectiva sobre ella al no estar físicamente donde sueles estar a diario; pudiéndose aclarar tus dudas, oxigenarse tu mente y poner luz sobre puntos oscuros o temas enquistados.
Es importante el tiempo en que se interactúa con otras personas, es tiempo de comunicación, de conocimiento de los otros, de conversación, sin importar el país de origen o la clase social. El sufrimiento, el esfuerzo o el agotamiento pueden hacer parte del camino como componentes intrínsecos, pero creo que son factores tan previsibles y tan inevitables que ni sorprenden ni afecta en demasía.
Así pues en el camino, como en la vida misma, conviven la belleza, las relaciones humanas, el dolor... con un objetivo final... ¡Llegar! Este objetivo tiene para cada persona un significado propio y diferenciado, y creo que es válido tanto si es religioso o deportivo o meramente de realización personal; hasta puede que sea un significado conjunto.
Sin darme cuenta llegué a Santiago y observé que todos mis problemas y miedos se habían esfumado y al entrar a la Catedral y abrazar al Santo sentí algo que nunca había sentido... algo especial... me curé por dentro y por fuera, la piel de gallina, sólo de recordar aquel momento.
Después del esfuerzo del camino, de andar por parajes insólitos, de compartir momentos de dificultad y de alegría con los hermanos, de ese encuentro con personas tan distintas, pero que comparten contigo un mismo objetivo... después de todo esto, tu cuerpo, cuando entras en la Catedral, experimenta sensaciones que nunca antes había percibido. ¡Y no digamos tu alma! Me sentí como en casa, como si fuera el propio Apóstol quien me abrazara al llegar.
El camino había terminado. Y, sin embargo, no sé por qué, al mismo tiempo, sentí que era en ese momento cuando empezaba el verdadero camino, el camino de una nueva vida. Debemos continuar andando, sabiendo que ÉL no nos abandonará y nos llevará de su mano. Dios proveerá y nos dará lo que necesitemos.
Finalmente decir, como no, que si tenéis la oportunidad de vivir esta peregrinación, adelante. Puede ser un medio tan válido como otro cualquiera para meditar, para sentir tu cuerpo y tu mente, para vivir en el presente, en el ahora, para poder desconectar realmente del mundo frenético y estresante durante al menos unos días... y quien sabe si de poder “despertar”.
Gracias a Rocío por invitarme a vivir esta experiencia junto al MAC.
Gracias a todos los responsables, tanto fuera como dentro del Camino, que trabajaron duro para hacer la aventura posible.
Gracias a Francis, por estar siempre al pie del cañón y preocuparse de todo y de todos.
Gracias a Yoli, por aquella etapa dura, por acompañarme y dejarme ver a Jesús en su rostro.
Gracias a Marikiki, María José, Rafa, Carlos y Pepe, por ser nuestras mamis y nuestros papis durante toda la experiencia.
Gracias a Ana, Charo y Manolo, por enseñarnos que el camino no tiene edad y que uno puede conseguir lo que se proponga con ganas y esfuerzo.
Gracias al MAC, por acogerme como una más, por no dejarme sola y por compartir tantos momentos. “El Señor me dio hermanos”.
Gracias a mis flechas amarillas: Paula, Poe, Aurelio y Tamara. Por guiar mi camino y estar ahí. Por tener a mi lado un poquito de Fundación en el Camino. Vosotros ya sabéis por qué sois mis flechas.
Y, sobre todo, gracias a Vero; por ser mi acompañante incondicional, por estar ahí a pesar de los momentos duros, por no abandonarme y por ponerme las cosas más fáciles. Gracias por estar cerca de mí y por llegar juntas a Santiago. Gracias por preocuparte y cuidarme en los momentos más duros. Gracias, ante todo, por nuestra amistad. Una experiencia más juntas unidos a ÉL, y deseando que lleguen muchas más.
Se os quiere.
Y recordad: El camino que hicimos juntos, no se podrá borrar, pues si juntos lo comenzamos, ya no tendrá final.















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